La aventura
La aventura —Su vida pende de un hilo —murmuró ella.
—Usted me la ha dado —contesté yo—. ¿Podré pagárselo algún dÃa?
Yo era plenamente consciente de la imperfección de mi lenguaje.
Ella me miró con severidad; después bajó los párpados. Más tarde los volvió a alzar.
—Piense en usted mismo. Cada instante es importante.
—Me daré toda la prisa que pueda —dije yo.
Me froté los tobillos, sin dejar de mirarla a los ojos. Deseaba con todas mis fuerzas darle las gracias por el interés que se habÃa tomado por mÃ, sólo que me resultaba muy difÃcil hablar con ella. De repente se levantó de un salto.
—Ese hombre se imagina que puede destruirle. Le odio… ¡le detesto! Ya ha visto cómo trata a mi padre.
Me parecÃa sencillamente que ella se estaba vengando de la insolencia de O’Brien para con su padre. Yo habÃa sido secuestrado en contra de la voluntad de don Baltasar Riego. Eso me daba una idea bastante aproximada de la impotencia del anciano respecto a su intendente… el cual obviamente estaba convencido de poder apaciguar su rencor.