La aventura
La aventura Afortunadamente yo no le habÃa agradecido a ella su interés por mÃ: me felicitaba por ello. Pero me angustiaba también porque una vez más habÃa perdido por los pelos la posibilidad de correr una aventura.
Alguien dio una patada a la puerta cerrada con llave. Una voz gritó —no puedo evitar pensarlo— a modo de advertencia: «Serafina, Serafina, —y otra voz dijo con un exceso de suavidad—: ¡Señorita! Voyons!, quelle folie».