La aventura

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La joven se abalanzó sobre mí. Su mano lastimó mi muñeca, como si me arrastrase a la popa. Trepé torpemente al hueco de la portilla y saqué la cabeza. El aire de la noche era muy fresco y salado; un pequeño bote remolcado por una larga amarra daba bandazos siguiendo la estela fosforescente del barco. A la luz de la luna el mar estaba tan pálido que apenas podía verlo. Detrás de nosotros, una cuarta a babor, un barco con todo el velamen desplegado que parecía no moverse, surgió amenazadoramente como un inmenso fantasma blanco. Podía estar dándonos alcance, a no ser que acabásemos de dejarlo atrás… no sabría decirlo. No tenía tiempo de averiguarlo y no me importaba. La cosa era agarrarse a la amarra. Los cuchicheos de la chica me animaban, pero la cosa no era fácil; la cuerda, atada bien alto, se me escapaba de la mano. Por fin, aguardando el momento en que se aflojase y sacando medio cuerpo fuera por la portilla de popa, logré engancharla con las puntas de los dedos. Un instante después una sacudida estuvo a punto de hacérmela soltar, pero en aquel preciso momento el barco tomó carrerilla y yo conseguí aferrarme a ella. El ruido de otra patada en la puerta me hizo volverme, primero la cabeza, sin pensármelo dos veces. Me calé hasta la cintura antes de que hubiese alcanzado la proa del bote. Haciendo un esfuerzo desesperado me subí a él y me tendí en el fondo. Cuando logré ponerme de pie había cesado el brusco bamboleo, el bote seguía flotando y la luz de las portillas de popa del barco se estaban ya alejando. La joven se las había arreglado para cortar la amarra.


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