La aventura
La aventura El otro barco se dirigía en línea recta hacia mí, con la proa elevada, ancho de baos, rechoncho, abriéndose paso discretamente, como una sombra. La tierra debía de estar a unas cuatro o cinco millas… no disponía de medios para saberlo con exactitud. Parecía una alta nube negra: aquí y allá, vapores de un gris púrpura pendían de las cumbres a la manera de echarpes. Pasé un remo por encima de la borda para remar, pero no podía hacer muchos esfuerzos. Miré fijamente al barco que acababa de abandonar. Las portillas de popa brillaban tenuemente, con un ligero balanceo vertical; al resplandor de la luna, las velas parecían enredarse en un caos negro; gritos casi imperceptibles me llegaban del barco y por su cambio de forma comprendí que se estaba deteniendo, con miras a arriar un bote. Debía de estar como a una media milla de distancia cuando los destellos de las portillas de popa giraron lentamente y desaparecieron. Como no tenía intención de dejarme capturar de nuevo, empecé a remar frenéticamente hacia el otro barco. Para entonces estaba bastante cerca… lo suficiente para oír el perezoso ruido del agua en la proa y el ocasional aleteo de una vela. La brisa procedente de tierra estaba amainando y en la estela dejada por la luna divisé el bote de mis perseguidores, cuyas siluetas negras se distinguían claramente. Pero el otro barco casi me había alcanzado. Me desvié a estribor y grité: «¡Ah del barco! ¡Ah del barco!».