La aventura
La aventura A bordo había tanto ruido que nadie pareció oír mis gritos. Varias voces dijeron a gritos: «Ese maldito barco español se está poniendo al pairo transversalmente a nuestro escobén». La tripulación y los oficiales parecían estar todos en la proa expresando insultos a voz en grito contra el «torpe dago», dándome la impresión de que estaba abandonado a mi suerte. El barco avanzaba rápidamente gracias al ligero viento; al no lograr agarrarme a las cadenas de proa, mi bote se deslizó hacia atrás, golpeando contra el costado. Perdí también la cadena principal y todo el tiempo no dejé de gritar desesperadamente: «¡Por el amor de Dios! ¡Ah del barco! ¡Por el amor de Dios, que alguien me arroje un cabo antes de que sea demasiado tarde!».
Ya había abandonado toda esperanza cuando cayó sobre mi cabeza un pesado rollo de cuerda —una braza, supongo—, faltando poco para que me derribara. Medio aturdido como estaba, la desesperación me prestó fuerzas para trepar a mano por un costado, mientras el bote se alejaba flotando bajo mis pies. Cuando logré llegar arriba me dirigí a la toldilla de popa. Un grito vino de proa: «Todo a babor». Luego la misma voz se puso a injuriar al barco español, que ahora estaba muy cerca de nosotros.
—¿Qué pretende usted viniendo a toparse así con mi proa? —gritó hecho una furia.