La aventura

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Yo permanecía en silencio a la sombra de la toldilla. Estábamos dejando atrás, muy despacio, la popa del barco español cuando la voz de O’Brien contestó en inglés:

—Estamos buscando un bote nuestro que va a la deriva con un hombre dentro. ¿Ha visto usted alguno?

—No… maldito sea usted y su bote.

Desde luego, los que estaban en la proa no sabían nada de mi presencia a bordo. El hombre que me había arrojado la cuerda —un pasajero, un tal comandante Cowper, que regresaba a su país con su esposa e hijos— se había marchado con aire altanero, sin dignarse siquiera volver a mirarme, como si el ver a un hombre trepar a bordo de un barco a diez millas de la costa fuese la cosa más normal del mundo. Era un personaje absurdo y presumido, luego lo descubrí, más tieso que un palo de escoba, y tan convencido de su propia importancia que casi creía haberse rebajado al condescender a arrojarme la cuerda en respuesta a mis gritos de desesperación. Por otra parte, el timonel, que era la única persona que se encontraba a popa además de él, estaba tan asombrado que se había quedado sin habla. Pude ver, a la luz que la bitácora arrojaba sobre su rostro, sus ojos atónitos y su boca abierta.


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