La aventura
La aventura Para entonces la voz de proa se habÃa callado y, mientras la popa del barco español pasaba junto a la toldilla, me aparté de las sombras de las velas y, acercándome a la batayola, dije en voz no muy alta —no habÃa necesidad de gritar— pero muy clara:
—Después de todo, mÃster O’Brien, aún no estoy en sus garras. Le prometo que todavÃa oirá hablar de mÃ.
Mientras tanto otro hombre habÃa venido desde la proa a la popa, gruñendo como un oso: era el capitán del barco, un hombre bajo y corpulento. El buque español se alejaba en silencio, con sus velas negras ocultando la luna, que estaba muy baja. De repente salió del barco un grito apresurado.
—¿Qué barco es ése?
—¿Y a usted qué le importa?, tápese los ojos. Es el Breeze, si quiere usted saberlo. ¿Qué va a hacer usted con la información? —gritó con furia el pequeño patrón.
Con aquel viento ligero los dos barcos se iban separando lentamente.
—¿Adonde se dirige usted? —clamó de nuevo la voz de O’Brien.
El pequeño patrón se rió con exasperación.