La aventura
La aventura Lo dejó en mis manos. Al haber frecuentado, como lo había hecho, el almacén de Ramón, que era el gran centro de cotilleo del ambiente marítimo en Kingston, yo conocía de vista y por su nombre a la mayor parte de los capitanes mercantes que solían reunirse allí para beber e intercambiar historias. Por tanto no era del todo desconocido para el pequeño Lumsden. Le conté mi historia, y en todo ese tiempo él no dejó de rascarse la cabeza, presa de una perplejidad incrédula. ¡El viejo señor Ramón! ¡Un hombre tan respetable! ¡Que le han secuestrado… en su almacén!
—Si no le viera aquí en mi camarote con mis propios ojos, no creería ni una sola palabra de lo que me ha dicho —declaró ridículamente.
Pero estaba bastante dispuesto a llevarme a La Habana. No obstante, insistió en llamar a su segundo, un tipo bermejo, también de escasa estatura aunque arrugado, y tan estúpido como él.