La aventura
La aventura Era cierto, después de todo. La aventura me reservaba otro destino, otra especie de cautiverio, más de una especie. Mi imaginación era ya cautiva, era ya esclava de la imagen de aquella chica joven que me había llamado su primo inglés, la chica de la lagartija, ¡la chica de la daga! Y en cada una de las palabras lo que expresaba era la aventura misma, ojalá lo hubiese sabido, el romance de los amantes perseguidos me hablaba a través de sus labios.
Aquella noche el barco español nos sacó ventaja gracias al viento que había refrescado y adelantó al Breeze. Antes de que amaneciera nos sobrepasó y antes de que terminase el día siguiente había desaparecido de nuestra vista, al parecer siguiendo el mismo rumbo que nosotros.