La aventura

La aventura

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Su superioridad en el arte de la navegación tuvo una enorme influencia en mi destino; ahora iba yo más a la deriva que nunca y, en cuanto al destino que me aguardaba, estaba más a oscuras que cuando me llevaron a cuestas al barco con la cabeza metida en un saco. No pensé más en eso. Me había invadido una especie de entumecimiento. Era capaz de pensar en la joven que me había puesto en libertad y, pese a todo mi resentimiento por la indignidad con que me trataron, apenas reservé un pensamiento al hombre que me había atado. Me alegraba recordar que ella le odiaba; ella misma me lo había dicho. En cuanto al resto, vagamente tuve la idea de ir en busca del cónsul inglés en La Habana. Después de todo, yo no era un completo don nadie. Era John Kemp, un caballero bien relacionado; podía probarlo. El batidor de Bow Street no había muerto, como yo pensaba. Verónica me informó en su última carta que el hombre había renunciado a su oficio de perseguir ladrones y ahora regentaba una pequeña posada en los alrededores. Mi cuñado Ralph le había ayudado, sin duda. Ahora podía volver a mi país sin ningún peligro.

Fue entonces cuando descubrí que ya no estaba ansioso por regresar a casa.



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