La aventura
La aventura Habían salido al despuntar el día (nos debieron observar la mañana anterior) en una gran goleta, llena de los bribones más siniestros y harapientos que la imaginación más viva pueda concebir. Por supuesto, no hubo resistencia por nuestra parte. Se nos habían adelantado y al primer grito feroz nuestros hombres habían soltado las drizas. Toda la tripulación echó a correr hacia la arboladura, y unos cuantos bandidos bronceados se apostaron en cada uno de los mástiles, amenazándoles con sus trabucos acampanados apuntados hacia arriba. Lumsden y Mercer fueron atados a un palo de repuesto. El aspecto que ofrecían era demasiado ridículo para despertar la compasión. Al comandante Cowper le hicieron sentarse encima de un gallinero y un pirata barbudo, con un pañuelo rojo atado alrededor de la cabeza y un machete en la mano, montaba guardia a su lado. El comandante parecía enfadado y cabizbajo. El resto de aquella infame tripulación, sin perder un momento, se precipitó a los camarotes para saquear los aparejos, las joyas y el dinero. Se pelearon entre ellos, amontonando sobre cubierta su botín.
La goleta con la bandera mexicana ondeando al viento permanecía fondeada de través. Pero en el hombre que mandaba la cuadrilla de abordaje reconocí a Tomás Castro.