La aventura
La aventura Asà que era en efecto un pirata. Mis suposiciones eran correctas. Encajaba muy bien en el papel, con su sombrero empenachado, cubierto hasta el cuello en su capote, y su aire de melancólica dignidad que le mantenÃa apartado de los demás.
—¿Piensa hacernos asesinar a todos, Castro? —pregunté yo, con indignación.
Para mi sorpresa no pareció reconocerme; realmente, fingió no haberme visto. Yo parecÃa no existir para él ya que no daba ninguna muestra de que notara mi presencia. Sin embargo, volviéndose de espaldas a mÃ, se dirigió a Lumsden, ignominiosamente apresado, y le dijo que era él, Castro, el que mandaba en aquella goleta mexicana, amenazándole con espantosas represalias por la resistencia —asà la llamó— que habÃamos ofrecido a un corsario de la República. Me imagino que estaba encantado de utilizar el apelativo de resistencia armada para calificar la lamentable detonación de la pistola de bolsillo del comandante Cowper. Para castigar esa audacia, anunció que no respetarÃa ninguna propiedad privada.