La aventura

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—¡Oh, usted pensaba que yo era un pirata! —dijo entre dientes—. Lo fui por un día… sí… para obligar a mi amigo Riego… ¡sí! Además, aborrezco a ese familiar de los curas, ese juez zalamero… ese intendente, ese intrigante… ese tal O’Brien. ¡Víctima de la fe! ¡Quépicardía! ¿Acaso no he sido yo también víctima de la fe? Yo, el humilde amigo de confianza de los Riego. Pero tal vez usted piense que don Baltasar ¡es también un pirata! ¡Él!, que lleva en sus venas la sangre del Cid Campeador; cuyos antepasados han poseído la mitad de esta isla desde los tiempos de Cristóbal Colón…

—¿De verdad no tiene él nada en absoluto que ver con eso? —pregunté—. Después de todo, todo eso ha pasado en su propia ciudad.

—Oh, ustedes los ingleses —refunfuñó—… ¡están todos locos! ¿Podría ser pirata uno de sus grandes nobles? Puede que sí… Bien lo sabe Dios. ¡Ay de mí! —se detuvo bruscamente—, cuando pienso que mi Carlos dejará sus huesos en este lugar impío…

Renuncié a interrogar a Tomás Castro; era demasiado para mí.


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