La aventura

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Había vivido en La Habana con gran magnificencia, pero ahora, en el ocaso de su vida, se había retirado a su palacio, del que, a partir de entonces, sólo había salido en dos ocasiones. Y eso solamente cuando ceremonias oficiales de excepcional importancia, como la ejecución pública de los piratas que yo había presenciado, requirieron la presencia de alguien de su eminencia y lustre. Por lo demás, había vivido encerrado en su palacio. No había en Río Medio ningún otro lugar digno de él.

Se decía que estimaba a su intendente O’Brien como a la niña de sus ojos y que había utilizado toda su influencia para que lo nombraran juez del Tribunal de la Marina. El viejo Don probablemente no sabía nada acerca de los piratas. La ensenada había sido utilizada por los bucaneros desde los tiempos de Colón; pero él no se dignaba prestarles atención, ni aunque los hubiese visto, de lo cual dudaba Tomás Castro.

No había dudas en cuanto a su sinceridad.





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