La aventura
La aventura —Si yo muero dejándote aquÃ, mi tÃo será cosa tuya. Es un hombre terrible. ¿Adonde irá a parar toda esta gran fortuna? ¿A restablecer la verdadera fe en Irlanda? ¿Quién sabe? A las manos de O’Brien, en cualquier caso. Y la hija —una chica joven— caerÃa en manos de O’Brien también. Si pudiese contar con vivir un poco más todavÃa, todo podrÃa ser diferente. Esa es la mayor de mis angustias.
Tragó saliva y apoyó su frágil mano en la gorguera blanca que llevaba al cuello.
—Me preocupaba mucho el encontrar la forma de desbaratar los planes de este O’Brien. Mi tÃo fue a Kingston porque estaba convencido de que era deber suyo el comprobar que la ejecución de esos desgraciados se llevaba a cabo con la debida humanidad. O’Brien vino con nosotros en calidad de secretario suyo. Pasé por las más horribles angustias. Rogué al cielo que me guiase. Entonces mis ojos dieron contigo, que te aferrabas a las ruedas de nuestro propio carruaje. Fue como una respuesta a mis oraciones.
De pronto Carlos me cogió una mano. Pensé que desvariaba y lo sentà enormemente por él. Me miró ansiosamente con sus ojos inmensos y siguió apretándome la mano.