La aventura
La aventura —Pero cuando te vi —prosiguió él al cabo de un rato—, se me pasó por la cabeza que ese hombre habÃa sido enviado en respuesta a mis oraciones. Lo supe, te lo aseguro. Si tú podÃas ocuparte de mi primo y de mis tierras, pensé, para mà serÃa como si hubiese tenido a tu hermana… no del todo, pero lo suficiente para un hombre que va a morir dentro de muy poco, no dejando más huellas que una tumba de mármol. Ah, uno desea tanto dejar su marca bajo el bendito sol de Dios, y poder conocer un poco cómo irán las cosas después de muerto… Rápidamente puse en orden mis pensamientos. HabÃa una dificultad: O’Brien. Si yo le hubiese dicho: «He aquà al hombre que va a casarse con mi prima», él te habrÃa asesinado o me habrÃa asesinado a mÃ; nada le habrÃa detenido. De modo que le dije muy tranquilamente: «Oiga, señor secretario, he aquà al hombre que usted necesita para reemplazar a Nichols… se bate como un diablo; pero no creo que él consienta sin un poco de persuasión. Atráigalo, pues, con señuelo, a casa de Ramón y convénzalo». O’Brien se puso muy contento, porque pensó que al fin llegaba yo a interesarme en sus proyectos, y eso suponÃa humillar a un inglés.
Y Serafina estaba contenta, porque frecuentemente yo le habÃa hablado con entusiasmo de ti, de tu intrepidez y tu honradez. Entonces hice que Ramón te atrajese con señuelo, pensando que el asunto pasarÃa a mis manos.