La aventura
La aventura Eso fue lo que había esperado Carlos. Pero, al hablar con O’Brien, Ramón me había descrito tan categóricamente como un extremado separatista que aquel había juzgado prudente abrirse completamente a mí. Sin duda había contado también con mi juventud, mi estupidez, o mi carencia de principios. Descubierto su error, se decidió muy pronto a actuar; y Carlos le había dejado hacer, temiendo que pudiera sucederme algo peor.
Pero cuando la chica joven me hubo ayudado a escapar, Carlos, que comprendía perfectamente los grandes riesgos que yo corría yendo a La Habana en el barco que me había recogido, se valió de los propios piratas de O’Brien para librarme de él. Esa era toda la historia.
Al final, su respiración se hizo más rápida y escasa, su rostro sufrió un sofoco y sus ojos me dirigieron una mirada suplicante.
—Ahora te quedarás aquí hasta que yo muera, y luego… quiero que protejas a…
Y cayó de espaldas sobre las almohadas.