La aventura
La aventura Suspiró. Estaba sentado, con la cabeza inclinada hacia delante sobre su escudilla de plata y las pesadas tallas de su sillón sobresalían por detrás de él. Reinaba un profundo silencio. La muerte rondaba aquella mesa… y también, al parecer, el aliento de épocas pasadas. La multitud de luces, el suelo de costosas maderas encerado, la blanca desnudez de las paredes revestidas de mármol, las vastas proporciones de la sala, las impresionantes formas del mobiliario, cincelado en ébano macizo, me impresionaron vivamente produciéndome una sensación de austera y secular magnificencia. Durante siglos siempre había vivido un Riego en este palacio-fortaleza, gobernando esta parte del Nuevo Mundo con toda la majestad de su raza. Y pensé en las largas murallas con troneras y contrafuertes de esa residencia de nobles aventureros, expuesta inequívocamente a la noche exterior, junto a la orilla del mar, como una tumba de glorias militares. Así construían ellos sus casas en los siglos pasados, cuando los bucaneros, en hordas indomables y atroces, atormentaban a sus conquistas con una obsesión de muerte y debilidad.