La aventura
La aventura La rigidez de gestos y el tono ceremonioso de voces dominaron y contuvieron las ilimitadas emociones de mi asombro. En respuesta a mi profunda reverencia las dos damas bajaron la cabeza, con un susurro de sedas almidonadas y rígidas. Tuve el suficiente control de mí mismo para realizar aquel gesto, pero mentalmente estaba sin aliento; y cuando sentí el ligero y tembloroso contacto de la mano de don Baltasar posándose sobre mi cabeza inclinada, fue como si de pronto me diese cuenta por un momento del movimiento de rotación terrestre. Don Baltasar retiró la mano y se alejó, y un corpulento y tieso sacerdote, de rostro redondo y sonrosado y vestido completamente de negro, dio un paso adelante para recitar en latín una bendición, en un tono solemne y un tanto sibilante. En cuanto hubo terminado se alejó, haciendo una profunda reverencia a las damas y a Baltasar, que inclinó su cabeza plateada. Su voz sin vida declaró:
—Su Excelencia el padre Antonio, en su devoción, cena junto a la cabecera de la cama de nuestro querido Carlos.