La aventura

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Mientras pensaba en ello, creció en mí esa impresión. Comprendía que don Baltasar estaba informado de mi llegada. Como en un sueño, seguí al viejo negro, que había regresado a la puerta de mi habitación. La impresión creció en mí mientras atravesamos en silencio el patio con columnas. Recorrimos la galería superior; el negro me precedía golpeando con su bastón el pavimento decorado con mosaicos. Abajo, el agua salpicaba en las tazas de mármol; y en las cajas de plata labrada de los faroles de cristal suspendidos entre los pilares brillaba una luz tenue que iluminaba la amplia escalera blanca. Bajo la cimbra de la puerta abovedada, un hombre de rostro negro, que montaba la guardia con un arma de cañón abocardado, se levantó de un taburete al pasar nosotros. Creí ver el sombrero de pico de Castro y su larga capa revoloteando en medio de la penumbra que proyectaba la escasa luz que salía por la pequeña abertura de una especie de cuerpo de guardia próximo a la puerta cerrada. Seguimos recorriendo la galería con arcos; una doble cortina fue corrida ante mí de derecha a izquierda, mientras mi guía se hacía a un lado.

En un gran aposento blanco tres siluetas negras esperaban de pie bajo el resplandor de una céntrica lámpara de vidrio y plata. Enseguida, la vieja y algo mecánica voz de don Baltasar se elevó un poco, poniendo a mi disposición su propia persona y su casa.


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