La aventura

La aventura

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—Señor —la oí murmurar al enfermo en un tono de reproche.

—No riña a un pobre pecador, doña María —le respondió él débilmente, con valerosa jocosidad—. Ahora no me quedan ya tantos días.

La rareza y la enormidad de lo que había pasado se me impuso con fuerza mientras, en una vasta cámara con troneras enrejadas, me quitaba de encima los harapos con los que había entrado en aquella casa. Había caído ya la noche, y me estaba poniendo un traje de Carlos, junto a las numerosas velas que ardían en un gran candelabro de bronce, cuyas tres patas representaban las garras de un león. Y desde el día en que me había puesto en camino para esperar a los contrabandistas y fui detenido por los batidores de Bow Street, nunca me había acordado tan bien de la casa en donde había nacido. Fue como si hasta entonces no hubiese sentido nunca la necesidad de mirar hacia atrás. Pero ahora venían hacia mí, cual romántica y encantadora aparición, el dulce y sombrío rostro de Verónica, el severo y resuelto semblante de mi madre. Ahora necesitaba yo toda su determinación. Y recordé la figura de mi padre sentado en el gran sillón junto a la chimenea, impotente y ensimismado en busca de rimas. El podía haber «comprendido lo romántico de mi situación».


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