La aventura

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—Es preferible la muerte —dejó caer ella en un sosegado y resuelto susurro.

Me hizo una profunda reverencia. Los sirvientes se estaban alineando en una fila, sosteniendo ante sus rostros negros largas velas de cera en candeleros de plata, heredados del segundo Virrey de México. Me incliné profundamente, indignado con ella y con el corazón aterrado; y alejándose de mí, ella se hincó de rodillas para recibir la bendición de su padre. El mayordomo presidía el cortege. Las dos mujeres se retiraron con abundante frufrú de seda, escoltadas sus negras y rígidas siluetas por luces laterales. Antes de que hubiesen desaparecido por la amplia escalera, don Baltasar, que había permanecido completamente inmóvil mirando su caja de rapé, pareció despertar y trazó en el aire, apresuradamente, el signo de la cruz en dirección a su hija.

Volvieron a aparecer entre las columnas de la galería superior. Vi la cabeza de la joven, cubierta de encajes que llevaba con orgullo, y con una flor blanca en el cabello. Levanté los ojos. Todo mi ser pareció elevarse con esa mirada. ¿Sería verdad que había vuelto el rostro hacia mí durante unos instantes? ¡Mera ilusión! Y la doble puerta se cerró, arriba, con un ruido cuyo eco resonó en las galerías vacías. La joven se había esfumado.


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