La aventura
La aventura —Finjo reĂrme para engañar a esta mujer —explicĂł rápidamente ella—. SolĂa amarla.
Ella no tenĂa ahora a nadie a quien pudiera amar o en quien pudiese confiar. Era como si el mundo entero estuviese ciego ante la nefaria naturaleza de aquel hombre. Él se habĂa apropiado de la mente del padre de ella. EchĂ© un vistazo al viejo Don que, en aquel momento, estaba sacando con gesto descompuesto un poco de rapĂ© de su cajita de oro, mientras la dueña, muy cetrina y erguida, aguardaba sus cartas con el ceño fruncido.
—Se dirĂa que nada puede contener a ese hombre —prosiguiĂł la voz de Serafina a mi lado—, ni el miedo ni la gratitud.
El parecĂa hechizar a la gente. Era el plenipotenciario de una poderosa orden religiosa… no importa cuál. Don Carlos sabĂa estas cosas mejor que ella. Él gozaba de la confianza del Capitán General.
—¡Chisss! Pero las intrigas… ¡las intrigas!
Vi que con su pequeña mano apretaba el abanico cerrado. La audacia de Ă©l no conocĂa lĂmites. HabĂa malgastado su riqueza.
—¡La audacia!
Él habĂa intimidado a su padre; pretendĂa descender de los reyes irlandeses, Ă©l que…
—Señor, incluso mi primo inglés osa aspirar a mi mano.
La partida de cartas se acabĂł.