La aventura

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Tal fue el comienzo de nuestra primera conversación en ese patio que evocaba la paz enclaustrada de un convento. Vagamos de un lado a otro; ella bajó los párpados y la agitación de su mente, representada por la rapidez casi violenta con que se expresaba, contrastaba maravillosamente con el ritmo pausado de sus movimientos, marcados por el lento sacudir del abanico. El retiro de su padre del mundo después de la muerte de su madre había originado una gran soledad en el ocaso de su vida. Sí, ese pesar y las despreciables intrigas de aquel hombre —fugitivo, convertido en parásito de la familia de su madre— recomendaron al bondadoso don Baltasar favorecer a su madre. ¡Sí! Antes de que ella muriera, él ejerció su nociva influencia incluso sobre aquella piadosa alma con sus prácticas devotas y la continua ostentación de sus padecimientos por la fe. ¡Su fe! ¡Oh, qué hipócrita! Su única fe era el odio… el odio a Inglaterra. Sacrificaría todo por él. ¡Este hombre funesto despojaría y arruinaría a sus mayores benefactores!

—Señor —dijo ella pintorescamente—, mi primo echaría veneno, si pudiese, en cada manantial de agua clara de nuestro país… Sonría, donjuán.

Su vehemencia contenida me tenía fascinado y el pequeño estallido de risa argentina con que concluyó su feroz diatriba me produjo el efecto desconcertante de un estallido enloquecedor. Los otros dos levantaron los ojos de las cartas.


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