La aventura
La aventura —Continuemos hasta el final, señor.
El anciano y la dueña tenÃan ahora cartas en las manos. El tono Ãntimo de sus palabras me transportó al séptimo cielo.
—¡Ah! —dijo ella, cuando estuvimos fuera del alcance de sus oÃdos—. Tengo el temple de mi raza, pero no soy más que una chica frágil. Hemos tomado esta determinación a causa de su hidalguÃa, ya que usted es pariente nuestro y además inglés. ¡Ay de mÃ! Si yo hubiera sido hombre. Mi padre necesita un hijo en su larga, larga vejez. ¡Pobre padre mÃo! ¡Pobre don Carlos!
Un tembloroso sollozo se oyó en la penumbra al otro extremo de la galerÃa. Nos volvimos y el balanceo ondulante de su paso me produjo un estado de exaltación.
—Palabra de inglés… —empecé yo.
El abanico me tocó el brazo. Los ojos de la dueña relucÃan por encima de las cartas.
—Esta mujer pertenece también a ese individuo —murmuró Serafina—. Y sin embargo, solÃa serme fiel… casi una madre. ¡Misericordia! Señor, no hay nadie en este desdichado lugar que no haya sido comprado, corrompido, amenazado o sometido a su voluntad… a esa locura de su odio contra Inglaterra. Ha convertido a nuestros pobres en gentuza. Incluso el obispo tiene miedo.