La aventura
La aventura Observé cómo se iba: en su ceremoniosa marcha había algo fantasmal y grandioso, la majestad perdida de otros tiempos. Era como si se presentase ante mí después de haber dormido cien años en su refugio… este hombre que, en su alocada y apasionada juventud, había puesto en peligro la fortuna de los Riego, que había sido el ídolo del populacho de Madrid y repetida fuente de consternación para su familia. Había raptado, vi et armis, a una monja de un convento, incurriendo en la enemistad de la Iglesia y el disgusto de su soberano. Había sacrificado toda su fortuna en Europa al servicio de su rey, había combatido contra los franceses, y habían puesto precio a su cabeza por expresa proclamación. Había conocido las pasiones, el poder, la guerra, el exilio y el amor. Su rey le había colmado de gracias al recuperar el trono, su sabiduría había sido premiada, y la muerte de su joven esposa… la madre de Serafina, le había abrumado de dolor.
¡Qué vida ésta! Y ¿qué decir de mi brazo… ese brazo sobre el que él se había apoyado en su decadencia? Lo miré con una especie de sorpresa, con duda. ¿Qué podía esperarse de él?, me preguntaba yo. ¿Tendría la fuerza suficiente? ¡Ah, dejemos que sólo ella se apoye en él!