La aventura

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Me parecía que, por servirla a ella, sería capaz de derribar pesadas columnas de piedra, como Sansón; que podría alcanzar y coger las estrellas del cielo una por una para depositarlas a sus pies. En eso oí un suspiro. Una sombra apareció en la galería.

La puerta de mi habitación estaba abierta. Con la espalda apoyada en la balaustrada, vi la oscura silueta del padre Antonio que, mascullando en su breviario, penetraba en la zona iluminada.

Se santiguó y se detuvo con un comentario amistoso.

—¿Está tomando el fresco, hijo mío? La noche es calurosa.

Su rostro era rubicundo y sus pequeños ojos me miraban con mansedumbre sacerdotal.

Yo respondí que, en efecto, hacía calor. Instintivamente me agradaba.

Elevó los ojos al cielo estrellado.

—Los astros brillan excesivamente —dijo; luego añadió—: a mayor gloria de Dios. Nunca se cansa uno de contemplar este sublime espectáculo.

—¿Cómo está don Carlos, su Reverencia? —pregunté yo.


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