La aventura
La aventura —Mi amado penitente duerme —respondió él, mirándome con benevolencia—; reposa. ¿Sabe usted, joven caballero, que yo he sido prisionero de guerra en su paÃs y que conozco Londres? Fui capellán a bordo del San José en la batalla de Trafalgar. A fe mÃa, se trata, en efecto, de un paÃs bendito, fértil, lleno de cosas bellas y corazones bienintencionados. Desde entonces no he dejado de rezar todos los dÃas una oración especial para que retorne al seno de nuestra santa madre, la Iglesia. Porque es un paÃs que me gusta.
No dije nada, únicamente incliné la cabeza; y él me puso en la espalda una mano pequeña y regordeta.
—Ojalá su venida entre nosotros, hijo mÃo, aporte el sosiego a un alma cristiana preocupada en exceso por las cosas de este mundo.
Suspiró, me hizo un gesto con la cabeza acompañado de una sonrisa amistosa, triste, y se puso a mascullar sus oraciones mientras se alejaba de mÃ.