La aventura
La aventura Tenía todo el encanto de las cosas inglesas… del poderío inglés emergiendo de las cenizas de las guerras y las revoluciones; de una Inglaterra estable e impertérrita, como un hombre forzudo que tuviese los pies apoyados en edificios seculares sacudidos hasta los cimientos por un temblor de tierras. Para él había algo agradable, algo romántico, lo mismo que para mí sus rasgos, su mirada, parecían encarnar el romance, que vivía en el aire que respiraba. Al otro lado de la cama, el viejo Don, perdido en un sillón de respaldo alto, seguía sumido en esa meditación de los viejos que se parece al sueño, lo mismo que el sueño se parece a la muerte. Iluminado por el restringido haz de luz que penetraba por la ventana, el sacerdote leía su breviario con la ayuda de un par de gafas enormes. La cofia blanca de la monja rondaba por los rincones más alejados de la habitación.