La aventura

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Durante el día no había ningún paseante en la playa; los mástiles de las dos goletas (compradas por O’Brien en Estados Unidos para hacer la guerra al Imperio británico) parecían a lo lejos delgadas estacas por encima de la vasta extensión de agua desierta; y toda esa concurrencia de rufianes, ladrones, asesinos y esclavos fugados dormía en sus asquerosos cuchitriles. Sus hábitos eran indecentes y nocturnos. Crueles sin ser descarados, y codiciosos pero desprovistos de valor, no eran de esos piratas a la antigua usanza, que, bajo la bandera negra con calavera y tibias cruzadas, no daban ni esperaban cuartel. Su procedimiento habitual consistía en rondar con barcas de remo alrededor de algún desdichado navío detenido por falta de viento frente a sus costas, como una bandada de buitres saltando sobre el esqueleto de un búfalo muerto en medio de una llanura. Cuando juzgaban que la cosa era completamente segura, atacaban con gran estrépito y ferocidad, hacían un saqueo rápido del cargamento, forzaban los camarotes en busca de relojes, vestidos y cosas por el estilo, perpetraban de vez en cuando alguna atrocidad, como chamuscar las plantas de los pies a algún pobre diablo de capitán cuando estaban seguros (por colaboradores asociados como Ramón, el tendero de Jamaica) de que había a bordo dinero oculto en monedas, y volvían a la orilla a celebrar sus sórdidas fiestas y a subastar el botín en la playa. Les acompañaba la gente del interior de la provincia y de vez en cuando venían a hurtadillas incluso los comerciantes de La Habana para procurarse unas cuantas piezas de seda o un barril o dos de vino francés. Tomás Castro no podía hablar de ellos sin escupir en señal de desprecio. ¡Y con esa despreciable tripulación se imaginaba O’Brien poder hacerle la guerra al Imperio británico!


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