La aventura

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En la época de Nichols parecía que iban a convertirse realmente en emprendedores comerciantes. En efecto, habían dado caza y abordado barcos hasta a sesenta millas mar adentro. Al parecer él les había infundido audacia mediante patadas, golpes y amenazas de muerte inminente, a la manera de los marinos «narices amoratadas». Sus largos miembros, su aspecto cadavérico y amenazador, la extraña ferocidad de su voz nasal, un no sé qué en su conducta de mofa y desesperación, les habían persuadido de que esta especie de hereje, incomparable en su género, se había confabulado literalmente con el diablo. Había sido el más eficaz de los sucesivos cabecillas que O’Brien había importado para llevar a cabo sus operaciones guerreras. Al escribir estas palabras no puedo dejar de reírme y asombrarme: para él aquella no fue sino una guerra más. Lo que él había tenido la audacia de proponerme era una traición, no un saqueo. Para él aquello tenía un encanto que un separatista (como yo tenía la reputación de ser) se suponía que no podía dejar de considerar. Pensaba ampliar su actividad, ponerse realmente en contacto con la Junta de rebeldes mexicanos. Como había dicho, ahora necesitaba un gentilhombre. Esas eran al menos las suposiciones de Carlos.




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