La aventura

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Su situación era excepcional, desde luego. Protegido de los Riego, íntimo de la Casa, estaba infinitamente distante de un Domingo o de un Manuel. Vivía sobriamente a la española en una de las chozas de la aldea más próxima con una mujer anciana que barría el suelo de tierra y cocinaba sus alimentos —su puchero y sus tortillas— en un fuego al aire libre y le liaba su provisión diaria de cigarrillos. Todas las mañanas subía hasta la Casa, como un cortesano para atender a su rey. Nunca le vi comer o beber nada. Siempre estaba apoyado de espaldas al muro, o sentado en el suelo de la galería, con sus cortas piernas estiradas cerca de la gran puerta de caoba de la habitación de Carlos y un montón de cigarrillos detrás de las orejas y en la cinta de su sombrero. Cuando se le acababan, hurgaba en busca de más en las profundidades de su ropa, en alguna parte cerca de su piel. De sus labios apretados salían bocanadas de humo; y su actitud desolada, la tristeza de su cara redonda y arrugada, eran tan grandes que parecía que, si dejara de fumar, se moriría de pena.






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