La aventura

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La impresión general que daba aquel lugar era de vitalidad exhausta, de organismo calcinado, de romance convertido en piedra. El viento en calma, el sol abrasador, la playa blanca que describía una curva alrededor de la lámina de agua desierta, el sombrío follaje de las colinas, tenían la inmovilidad de las cosas petrificadas, la intensidad de las cosas pintadas, la tristeza de las cosas abandonadas y profanadas. Y, como si únicamente confiase en la conservación del fuego sagrado de la vida, yo me movía entre esas cosas muertas, atendiendo a mi amor por Serafina. Las palabras de Carlos surtieron sobre mí el mismo efecto que el aceite para la llama: de pronto me envolvieron de la cabeza a los pies. Tuve la sensación física de respirarlas, de verlas, de ser al mismo tiempo empujado y contenido por ellas. Por un momento caminaba a grandes pasos por la arena a ciegas, y un instante después me detenía y permanecía inmóvil; y Castro venía hacia mí jadeante y me advertía por la espalda que en un día tan caluroso como ese era una vergüenza incluso molestar a un perro que durmiese a la sombra. Yo tenía la sensación de estar completamente ensimismado en una idea. Un pensamiento me asolaba. Era como si nunca antes hubiese imaginado, como si nunca antes hubiese oído hablar de una mujer, ni la hubiese visto.



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