La aventura
La aventura Era cierto. Ella fue una revelación, tanto para mis ojos y mis oídos como para mi corazón y mi mente. En efecto, me parecía que nunca antes había visto a una mujer. ¿A quién había visto? ¿A Verónica? Éramos demasiado pobres, y mi madre demasiado orgullosa, para mantener un trato social con nuestros vecinos; las chicas de la aldea estaban desprovistas incluso del encanto más rústico; la gente era demasiado pobre para ser bien parecida. Yo nunca había tenido la tentación de mirar a una mujer a la cara; y ya conocen de qué manera me fui de mi país. En Jamaica, compartiendo con exagerada lealtad la impopularidad de los Macdonald, había llevado una vida solitaria; pues no me gustaba la compañía de sus amigos, y los demás, al cabo de un tiempo, no querían tener nada que ver conmigo. Me había hecho construir una especie de ermita de una casa perdida en una lejana plantación y, a veces, me pasaba semanas enteras sin ver ni un solo rostro blanco. Ella fue para mí la primera mujer… un extraño ser nuevo, una maravilla tan grande como Eva para el perplejo Adán al despertar de su sueño. Puede ser que una estrecha intimidad entre dos jóvenes sea un obstáculo para el amor, pero en nuestro caso fue diferente. Al parecer mi pasión surgió de nuestra compenetración, porque ésta se produjo de cara al peligro. Éramos como dos seres a bordo de un barco que se hunde poco a poco; nuestro único vínculo era el sentimiento común del abismo que se abría bajo nuestros pies, no la verdadera comprensión mutua. Aparte de eso, para mí ella permanecía siempre inaccesible y romántica… única, con todas las promesas no expresadas de un amor como el mundo jamás ha conocido. Y de manera natural, ya que hasta entonces el mundo no me había reservado mujer alguna. Su aparición fue como en un sueño: la chica de la lagartija, la chica con la daga, una maravilla a la que yo tendía mis manos desde lejos; y sin embargo, me fue permitido cuchichearle al oído mi sueño, mi visión. Tuvimos que juntar nuestras cabezas, hablando del enemigo común y de la sombra que pesaba sobre la Casa, mientras, ante nuestros propios ojos, Carlos esperaba la muerte, que sus ansiedades volvía cruel, y el viejo Don se paseaba por entre las tinieblas de sus años acumulados.