La aventura
La aventura En cuanto a mí, ¿qué era yo para ella?
Carlos, con voz débil y sujetando su mano firmemente aunque sin apretarla, le había contado repetidas veces que su primo inglés estaba dispuesto a ofrecer su vida para que ella conociese la felicidad en este mundo. Muchas veces ella volvía hacia mí su mirada… una mirada que no era de gratitud sino, por así decirlo, inquisitiva y pensativa… una mirada de penetrante candor, la mirada de una chica joven que, por su misma confianza, parecía penetrarle a uno de parte a parte. Y entonces mi sensación de indignidad me hacía desear ardientemente su amor, como el pecador en su debilidad anhela la gracia de la salvación.
—Nuestro primo inglés es digno de su gran nación. Es muy valiente y se muestra caballeroso con una pobre chica —decía ella suavemente.