La aventura

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Recuerdo que un día, saliendo de la habitación de Carlos, ella se había detenido ante el umbral, un instante apenas, el tiempo de murmurar con emoción: «Que el Cielo le recompense, don Juan». La música de estas palabras, tenue y encantadora, como el soplo de un viento fresco, me hizo titubear. Sentado al aire libre como de costumbre, Castro se había levantado y puesto a nuestro lado, con el sombrero en la mano y la cabeza ligeramente inclinada con una especie de deferencia saturnina. Ella le sonrió. Supongo que se sentía bondadosa con aquel bandido pequeño y rechoncho. Después de todo, había algo conmovedor y patético en su lúgubre vigilia a la puerta de nuestro radiante Carlos. Sentí el impulso de abrazar a esa imagen grotesca y truculenta de la devoción. ¿Acaso ella no le había sonreído?

Pasé el resto de aquel memorable día en un delicioso estado de aturdimiento, como si me hubieran transportado al séptimo cielo y temiese ser expulsado de nuevo al poco tiempo, porque mi indignidad se lo merecía. ¿Y si fuera posible, después de todo… lo que Carlos deseaba, lo que había dicho? Los cielos se estremecieron; las constelaciones por encima del patio de Casa Riego temblaron al pensar en ello.



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