La aventura

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Carlos luchó valientemente. Hubo días en que su valor pareció echar a la siniestra presencia de aquella cámara, en la que el padre Antonio con su breviario y la cofia blanca de la monja parecían ser los únicos vestigios de la enfermedad y la muerte. A veces su voz era muy potente, y una especie de optimismo iluminaba sus debilitadas facciones. Don Baltasar hacía numerosas visitas a su sobrino en el transcurso de cada día. Se sentaba, aparentando atención, y asentía con la cabeza cada vez que le nombraban a O’Brien. Entonces Carlos, recostado en las almohadas, se ponía a hablar mal de O’Brien, como si estuviera inspirado, hasta que el anciano, golpeando el suelo con su bastón de pomo dorado, exclamaba con voz trémula que el único responsable era él, que él le había sacado del polvo y podía degradarlo de nuevo. Se iría inmediatamente a La Habana: en ese mismo momento César recibía órdenes para preparar el viaje. Luego Carlos tomaba una pizca de rapé con mano temblorosa y se reclinaba en el sillón, susurrándome: «Nunca volverá a abandonar la Casa» y una atmósfera solemne de inquietante desamparo se abatía sobre la magnificencia fúnebre de la habitación. Al poco rato oíamos al viejo Don murmurar para sí mismo, completamente chocho, el nombre de la madre de Serafina, su joven esposa de los viejos tiempos, tan santa que le fue arrebatada en castigo de sus pecados de juventud. Era imposible que don Patricio (el nombre de O’Brien era Patrick) la hubiese defraudado. El Intendente era un hombre de gran inteligencia, lleno de veneración por la memoria de la joven. Don Baltasar reconocía que se estaba haciendo viejo; además, había un pesar en su vida… Había sido afortunado en su desgracia de tener a su lado un hombre de semejante mérito. Podía haber ligeras irregularidades, errores de juventud (O’Brien tenía cuarenta y cinco años poco más o menos). La vida del íntegro juez había sido edificante para el mismo arzobispo… como para toda La Habana y toda la isla. El gran celo del Intendente por la Casa podía haberlo llevado a cometer más de una indiscreción. Hace ahora tantos años de eso, ¡tantos años! Por lo demás era noble. ¿Habíamos oído hablar de un rey irlandés? Un rey… rey… él no podía recordar su nombre en esos momentos. Convendría oír lo que un hombre con tales aptitudes tendría que decir en su defensa.


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