La aventura
La aventura Carlos y yo nos miramos en silencio.
—Y sobre su vida pende una amenaza —dijo en voz baja el moribundo con una especie de desesperación.
La crisis de todos estos años de conspiraciones se producirÃa en el momento en que el viejo Don cerrase los ojos. Mientras tanto, ¿por qué este O’Brien no se presentó en RÃo Medio? ¿Qué lo retuvo en La Habana?
—Yo ya no cuento, mi querido Juan —me decÃa Carlos—. Y él se prepara para el dÃa en que muera mi tÃo.
Las oscuras intenciones de este hombre eran inescrutables. DebÃa haber sabido, desde luego, que yo estaba en RÃo Medio. Si habÃa que temer su presencia, su ausencia era cada vez más terrible.
—Pero ¿qué crees que hará? ¿Cómo piensas que actuará? —le pregunté yo, un poco desconcertado por mi responsabilidad.
Carlos no podÃa decirlo con precisión. Tuvo que pasar algún tiempo después de su regreso de Europa hasta que pudo hacerse una idea clara del alcance de la ambición de ese hombre. Al mismo tiempo se dio cuenta de todo su poder. Ese hombre pretendÃa nada menos que toda la fortuna de los Riego, desde luego a través de Serafina. Eso me daba rabia… una especie de rabia que hacÃa que la cabeza me diese vueltas como si el suelo se tambalease.