La aventura

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Bajo de estatura, rubio, regordete, ocultando la vivacidad irlandesa de su inteligencia bajo la gravedad taciturna de un jurista español, y respaldado por la influencia de dos nobles casas, O’Brien había logrado una notable reputación de sagacidad y honradez sin mácula. Juez del Tribunal de la Marina, uña y carne del clero, procurador en el capítulo de la catedral, había sabido hacerse tan indispensable para los más encumbrados personajes de este país, que todos, excepto los de mayor alcurnia, le tenían miedo. La influencia oculta que ejercía no guardaba ninguna proporción con su posición oficial. Sus planes eran ejecutados con una inquebrantable tenacidad y determinación. Carlos le creía capaz de todo salvo de una vulgar malversación. No había tenido más remedio que observar sus movimientos en silencio, impedido por la debilidad que le producía su mala salud. A título de ejemplo de los métodos de O’Brien, me contó la manera en que este último, fiel a su propósito de aislar a los Riego, había conseguido impedir cualquier propuesta con vistas a una alianza con la familia Salazar. El mismo joven don Vicente, decía Carlos, era insoportable, llevaba una vida malvada, de hábitos disolutos. Sin embargo, para apartar de su camino la sombra misma de esta rivalidad, O’Brien se aprovechó de una sanguinaria reyerta entre aquel hombre y uno de sus libertinos compañeros, provocada por una famosa joven que tocaba la guitarra. Como el encuentro había tenido lugar entre los muros de un convento, O’Brien había conseguido mantener en prisión a don Vicente desde entonces… bajo la acusación, no de asesinato (que para un joven de ese rango hubiese sido una ofensa comparativamente venial), sino de sacrilegio. Aunque los Salazar eran una familia poderosa, él era lo suficientemente fuerte para exponerse a su enemistad. «¡Imagínate, Juan!», exclamaba Carlos, cerrando los ojos. Lo que más le había inquietado era saber que don Baltasar había sido inducido recientemente a escribir al arzobispo de La Habana. Carlos temía que esa carta, dictada prácticamente por O’Brien, no tuviese otro objeto que expresar el afecto del anciano por su intendente y la confianza sin límites que le profesaba.


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