La aventura
La aventura —¿No comprendes, Juan, que una carta así reforzaría su pretensión, si acabara de pedir la mano de Serafina a sus tutores? Y ¿quién sabe si no le habían designado a él mismo como uno de esos tutores? Era imposible saber cuáles eran las disposiciones testamentarias de don Baltasar; el padre Antonio, que había aprendido mucho en el confesionario, no podía decirnos nada: cuando se mencionó el asunto, únicamente puso los ojos en blanco mirando al cielo de una manera alarmante. Era asombroso pensar en las impías tentaciones que despertaban tanto el desamparo de Serafina como su inmensa fortuna. Aunque él era incorruptible, sabía cómo corromper a los demás. Sólo Dios sabe en qué oscuras intrigas, en qué sombrías conspiraciones, podrían haberse combinado la codicia de las órdenes religiosas y la avaricia de los altos funcionarios para facilitar la ambición de O’Brien, sus pasiones. Sabía hacerse indispensable; sabía sobornar; sabía asustar; era capaz de aprovecharse de la gente de ese país, tanto de los de rango más elevado como de los más humildes, desde el actual Capitán General hasta el último de los lugareños. En La Habana podía contar con los poderes reinantes; en Río Medio, con los peores parias de la isla.