La aventura

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Esto último era para nosotros el aspecto más peligroso de su poder, aunque también su punto más débil. La mejor prueba de una cierta imaginación caprichosa, de una cierta puerilidad adusta, podía verse en su idea de declararle la guerra al Imperio británico; una especie de despreocupación por los riesgos; una extraña ilusión provocada por su odio hacia los aborrecibles sajones. No podía ponerse en duda que su relación con aquella caterva de canallas arriesgaba su situación. Era él quien les había dotado de su organización actual; actuaba como intermediario entre ellos y la ley. Pero fuera lo que fuese lo que de él se sospechara, era lo bastante precavido para no ir demasiado lejos. Nunca comparecía personalmente; se ocupaban de actuar por él sus agentes… individuos que llegaron de La Habana de manera bastante misteriosa. Los había de todas las categorías, a veces incluso frailes. Pero la chusma, que no veía en él más que al intendente del gran hombre, sentía el mayor pavor por él. ¿Quién fue el que puso en libertad a algunos de los que se habían metido en líos en La Habana? El Intendente. ¿Quién fue el responsable de que siete de sus camaradas, arrestados por pelearse en plena calle, fueran entregados a los ingleses en calidad de piratas? De nuevo el Intendente, el hombre terrible, el juez, que aparentemente tenía el poder de perdonar y de condenar.



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