La aventura
La aventura En ese aspecto en RÃo Medio él era de lo más peligroso para nosotros. TenÃa a su disposición a esa chusma. Con sólo levantar su dedo meñique podÃa provocar un levantamiento de facinerosos. Sin embargo, no era muy probable que hiciera eso. Intrigaba en La Habana, pero ¿cómo podÃamos desenmascararlo allÃ?
—Nos ha aislado del mundo —decÃa Carlos—. Tanto es asÃ, mi querido Juan, que si intentaba escribir, ninguna de mis cartas llegaba a su destino; caÃan en sus manos. Y si lograba hacer oÃr mi voz, él apelaba a mi tÃo en su defensa.
Además, ¿a quién podrÃa él escribir? ¿Quién le creerÃa? O’Brien lo negarÃa todo y seguirÃa haciendo lo mismo. HacÃa mucho tiempo que le habÃan aceptado, habÃa estado al servicio de demasiada gente, y sabÃa muchos secretos. La situación era terrible. Y si yo mismo fuese a La Habana, nadie me creerÃa. Más bien desaparecerÃa y nunca más volverÃan a verme. Era imposible desenmascarar a ese hombre a no ser que se actuase prolongada y cuidadosamente. Y para eso, él, Carlos, no disponÃa de tiempo; y yo… yo no tenÃa ni categorÃa, ni relaciones, ni siquiera experiencia…
—Pero ¿qué lÃnea de conducta voy a adoptar yo, Carlos? —insistÃ, mientras el padre Antonio, para el que Carlos no tenÃa ningún secreto naturalmente, permanecÃa junto a la cama, su rostro redondo, jovial, casi cómico por su expresión de preocupación compasiva.