La aventura

La aventura

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Carlos pensaba que, mientras don Baltasar viviese, O’Brien no haría nada que pudiera comprometer su influencia sobre él. En cuanto a mí, yo ni siquiera podía actuar; debía esperar y vigilar. O’Brien intentaría sin duda quitarme de en medio; pero él creía que yo no tendría nada que temer mientras permaneciese dentro de la Casa. Me recomendó que tratase de complacer a su prima e incluso encontró fuerzas para sonreír ante mis arrebatos. Don Baltasar me quería por su hermana, que había sido tan feliz en Inglaterra. Yo era su pariente y su invitado. Desde el principio hasta el final, la idea de Inglaterra, mi país, de mi hogar, no dejaba de desempeñar un papel importante en mi vida; ese recuerdo parecía basarse en todos nuestros pensamientos. Para mí no representaba más que mi infancia, la granja al pie de las dunas —Rooksbys Manor—, dentro de ese pequeño rincón entre la cantera, junto a la carretera a Canterbury, y la playa de guijarros, cuyo estrépito al ser pisados por la pandilla de contrabandistas era el último ruido que yo había oído de mi país. Para Carlos era la imagen concreta de la estabilidad, que reforzaba el sentimiento poético de su paz y de la belleza de Verónica. Pero para O’Brien era algo inmenso y odioso y tenía la apariencia de un enemigo colosal. El padre Antonio, con su cándida benevolencia, rezaba todas las noches por la conversión de esa tierra tan querida, como si fuera una pecadora muy amada. Se figuraba que dicha conversión no estaba muy lejos de cumplirse y una vez me dijo, con una certeza asombrosa en su simplicidad, que «ese día habrá una gran alegría en el Cielo». Es maravilloso pensar que esa tierra lejana, de la cual me había escapado como de una prisión en busca de aventuras, me pareciese ahora tan romántica y perfecta. ¡Todo es lo mismo para todos los hombres! Hablé con Serafina de ese país, que me parecía fabuloso, y de sus habitantes. Me preguntaba qué idea se habría formado ella de mi padre, de mi madre, de mi hermana —«Señora doña Verónica Rooksby», la llamaba ella—, del paisaje, de la vida, del cielo. Sus ojos se volvieron hacia mí gravemente. En una ocasión se inclinó a coger una caléndula naranja para ponerse en el pelo y acabamos hablando de nuestra granja como del único refugio seguro para ella.


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