La aventura

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Me acordé que esa misma mañana, mientras me vestía, había echado una ojeada por la angosta ventana exterior de mi habitación y había visto pasar por la arena una figura marrón montada a caballo. Sus pies calzados con sandalias colgaban de los flancos de una potente mula.

Castro meneó la cabeza.

—¡Malditos sean esos ojos verdes! De vez en cuando bautiza a la progenie de esa gentuza y, sentado a la sombra delante de la puerta de la posada de Domingo, pasa las horas rezando el rosario tan piadosamente como un diablo que se hubiese convertido en monje para mayor perdición de nosotros los cristianos. Esas mujeres se congregaron allí para besar su grasienta manaza. ¿Qué más podían hacer? ¡Basta! Sólo quería decirle, señor, que esta tarde (acabo de darme un paseo por allí) se habla mucho en las aldeas de un hereje con intenciones malévolas que se ha presentado en esta ciudad nuestra: un inglés ávido de ahorcar gente… en resumen, usted.

La luna, muy avanzada en su primer cuarto, arrojaba una luz pálida, azulada, sobre una mitad del patio, mientras que la sombra sobre la otra mitad, negra como un trazo amplio de tinta china, parecía llegar al pie de las columnas.

—Y ¿qué piensas tú de eso, Castro? —pregunté yo.


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