La aventura
La aventura No estoy avergonzado de haber sospechado de él de pronto —no sabe uno en quién confiar—, pero me avergüenza un poco confesar que, quitándome los zapatos, salí tras él inmediatamente, en silencio, para espiarle.
Esa parte de la casa estaba a oscuras, inundada de negras sombras; y, antes de llegar a un nicho que había en el muro, oí que una uña arañaba discretamente una puerta. Un haz de luz entró como una flecha y desapareció, como una señal que precediese a los murmullos de dos voces.
Reconocí inmediatamente la voz de la mujer. Pertenecía a una de las doncellas de Serafina, un preciosa cuarterona (una de sus favoritas) llamada La Chica. Había salido de la Casa y, en medio del solemne silencio de aquel patio, me llegaban sus susurros, que parecían gorjeos. Cada dos palabras daba a Castro el tratamiento de «su Señoría», pues aquel taciturno personaje, con el capote sin cepillar y el sombrero estropeado, era enormemente respetado por todos los de la Casa. ¿Acaso no le habían enviado a Europa en busca de don Carlos? Contaba con la confianza de los amos… era su humilde amigo. La doncella parloteaba de su señora. La Señorita había estado muy inquieta todo el día… desde que se enteró de la llegada del fraile. Castro dijo entre dientes: