La aventura
La aventura —Dile a su Excelencia que se han cumplido sus órdenes. El caballero inglés ha sido avisado. Me he quedado toda la noche sin dormir para vigilar al invitado de la casa, como deseaba la Señorita… por el honor de los Riego. Puede estar tranquila.
Luego la chica le cuchicheó algo con gran animación. ¿No creÃa su SeñorÃa que era el corazón de la Señorita el que no estaba tranquilo?
Entonces el patio se quedó mudo en su inmovilidad, iluminado a medias, con sus arcadas, el relajante chapoteo del agua, sus luces mortecinas, envuelto en ese aire de exóticas dulzuras, evocando la severidad castellana.
—¡Qué disparate! —dijo la voz sombrÃa de Castro—. A vosotras las mujeres os tiene sin cuidado la enorme cantidad de fantasmas que aparecen en vuestras imaginaciones amorosas. Nada más susurrar una cosa…
Ella se quejó rápidamente. Él la interrumpió.
—Tus ojos, La Chica… tus ojos no ven más que la necedad de tu propio corazón. Piensa en tus propios amantes, Nina. ¡Por Dios! —cambió de tono, ahora parecÃa apreciarla—, tu estúpida cara tiene buen aspecto a la luz de la luna.