La aventura
La aventura Creo que le golpeó en la barbilla. Escuché sus dulces arrumacos de agradecimiento en respuesta a aquel cumplido; el haz de luz fue a dar en el pulido fuste de una columna; y Castro siguió su camino, dando un rodeo por la escalera, evidentemente para no pasar de nuevo por delante de mi puerta, que estaba abierta.
Me olvidé de cerrarla. No me detuve hasta llegar al centro de mi habitación; entonces, me quedé quieto un buen rato, sumido en un éxtasis provocado, mientras que las numerosas velas de cera del gran candelabro ardían sin el menor parpadeo formando una piña de llamas, que parecían alumbrar la celebración en todo su esplendor de los fastos de mis pensamientos.
¡Por el honor de los Riego!
Volví en mí. Bueno, era agradable ser el objeto de sus inquietudes y cuidados, incluso en esos términos… en cualesquiera que fuesen los términos. Y sentía una especie de gratitud, profunda e indecible, como si jamás, nadie, en ningún día, en ninguna ocasión, hubiese pensado en mí con anterioridad.