La aventura

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No pude dormir. Fui a la ventana y apoyé la frente en el barrote de hierro. No había cristal y el pesado postigo estaba abierto de par en par; bajo el tenue resplandor de la luna creciente vi un pequeño rincón de la playa, muy blanca; el largo haz de luz se extendía vagamente por la bahía y dos formas negras, cubiertas, avanzaban y se paraban en bloque, como si fuesen pilares; sus sombras, enormemente alargadas, parecían huir de sus pies y con las puntas de sus sombreros tocaban el muro de Casa Riego. Apareció otra silueta, más pequeña y más gruesa, caminando con dignidad. Era Castro. Los otros dos retrocedieron y después se quitaron los sombreros.

—Buenas noches, caballeros —dijo la voz de Castro, con resuelta cortesía—. Han salido tarde.

—Lo mismo que su Señoría. Vaya, señor, con Dios. Estamos tomando el aire.

Se marcharon mientras Castro se quedó mirándolos. Pero desde mi altura, me di cuenta que de pronto se habían agachado detrás de unos matorrales achaparrados que crecían al borde de la arena. Luego perdí también de vista a Castro en dirección opuesta, refunfuñando airadamente.


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