La aventura

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—Ahora ante Dios, don Juan… soy únicamente un pobre sacerdote, aunque investido de un cargo sagrado, de un poder inmenso. Tiemble, señor, se trata de una joven… la he querido como si fuese mi propia hija; pues, en efecto, al bautizarla le di la vida espiritual. Usted debe protegerla; es por eso que, ante Dios, señor…

Pareció como si Carlos fuese a desmayarse: tenía los ojos cerrados y el rostro petrificado como una estatua. Pero poco a poco sus labios insinuaron una sonrisa tierna e irónica. Con gran esfuerzo levantó lentamente el brazo y los párpados, procurando superar su cansancio para poder escucharme. Hice ademán de inclinarme sobre él y el suelo, la gran cama, la habitación entera, parecieron levantarse y bambolearse. Había sentido una ligera y fugaz presión de la mano de Serafina, antes de escapar de la mía; con el martilleante agolpamiento de sangre en mis sienes, creí que iba a volverme loco.

Carlos me había echado su brazo por encima del cuello; en sus labios, que nada más rozarme la oreja se apartaron, había la tranquilizante austeridad de la muerte, al mismo tiempo que el distante sonido de las palabras, perdiéndose en la lejanía de otro mundo.

—Como un inglés, Juan.

—Palabra de honor, Carlos.


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