La aventura

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Tratando de pronunciar una corta alocución, el padre Antonio se derrumbó, con la misma ingenuidad emocional que había mostrado al referirse a su dignidad. Al principio sólo pude captar algunas palabras: «Querida niña… Santo Padre… pobre sacerdote…». Él se había encargado de eso; y atestiguaría la pureza de nuestras intenciones, lo necesario del caso, el consentimiento del cabeza de familia, mi excelente disposición. Todos los ingleses tenían excelente disposición. Iría él en persona a los pies de la Santa Sede… se arrodillaría si fuese necesario. Entre tanto, un documento… prepararía inmediatamente un documento justificativo. Es cierto que él no le gustaba al arzobispo, a causa de las calumnias de ese tal O’Brien. Pero allende los mares existía la autoridad suprema de la Iglesia, infalible e inasequible a las calumnias.

Durante todo ese tiempo, la mano de Serafina descansó pasivamente en la palma de la mía, cálida, blanda, llena de vida. Toda la vida, todo el mundo, toda la felicidad, el único deseo… pero no me atreví a apretarla, temiendo la vanidad de mis esperanzas, temblando ante la intensa felicidad de aquel acto audaz. El padre Antonio gimoteaba… ésa es la palabra. Ahora no era más que un pobre viejo, de corazón sensible, sólo eso.


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